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Un ataque cargado de simbolismos

El Estado Islámico arremetió contra París, la capital del país que defiende la democracia, la libertad y los derechos humanos. Francia paga caro por su condición de aliado en la lucha contra el terrorismo islamista. 

Publicado: 2015-11-15

¿Por qué en Francia? Nos preguntamos ante esta ola de violencia en Europa, equivalente a los ataques del 11 de Setiembre del 2001 en Estados Unidos. 

En su condición de uno de los países más industrializados del mundo, Francia tiene una agenda típica de una potencia. Compromisos económicos y, sobre todo, geopolíticos que apuntan a mantener un estatus de poder mundial.

Francia es uno de los principales aliados de Estados Unidos en la lucha contra el terrorismo islamista y más de dos mil soldados franceses integran las fuerzas que luchan contra el Estado Islámico en Siria e Iraq. En enero del 2013, el gobierno de París ejecutó una operación militar en Mali –una ex colonia francesa ubicada en África Occidental- para acabar con grupos de islamistas vinculados a Al Qaeda que habían ocupado el norte del país.

Entonces, los voceros del Estado Islámico reivindican la masacre de París -que dejó más de 120 muertos- y dicen que solo es el inicio de una tempestad no solo contra la capital francesa, sino contra otras importantes ciudades occidentales. Más allá de entender que los ataques yihadistas responden a una lucha contra los islamistas que pretenden sustentar la barbarie con razones religiosas, lo que llama la atención es la capacidad del Estado Islámico de establecer redes de contactos en las principales capitales europeas.

El ataque a Francia está cargado de simbolismos porque se realiza contra el país que defiende la democracia, la libertad, los derechos humanos, es decir todos los elementos que el Estado Islámico combate.

En el caso francés, los yihadistas se aprovechan de esa otra Francia que no se ve, que vive en esos guettos de pobreza y miseria que llaman ‘Banlieues’, barrios de obreros, inmigrantes, pobres en los que viven ocho millones de personas, la mitad extranjeros y que, además, viven el umbral de la pobreza.

Aquí, donde el fracaso escolar tiene niveles tercermundistas, donde la delincuencia y el narcotráfico asoman como ese poder fáctico que pone en jaque a una sociedad, es donde las bandas de criminales y mafiosos se mezclan con los jóvenes islamistas, franceses de nacimiento pero con padres que llegaron del África subsahariana, musulmana, y en la que los líderes religiosos islámicos acentúan las diferencias con discursos incendiarios en algunos casos.

Ese es el caldo de cultivo que explica por qué decenas de franceses dejaron el país para enrolarse en el Estado Islámico o por qué muchos reniegan de una patria que no sienten suya y con la que nunca se identificaron. La masacre de París, expone ante el mundo la podredumbre de una realidad que tiene un componente social.

En el mundo hay más de 1,500 millones de musulmanes. Los islamistas del Estado Islámico y Al Qaeda, son apenas un puñado, pero el uso de la tecnología y las redes sociales magnifica sus actos y, por ende, crea una sensación de terror que desde ya es su mayor triunfo.


Escrito por

Carlos Novoa

Periodista viajero e internacional. Profesor universitario. Estudiante de la Maestría de Ciencias Políticas en la PUCP.


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